Hay libros que empiezan con un grito y libros que empiezan con un rumor. Los ojos brillantes del bosque, el debut adulto de Erin A. Craig, es de los segundos. Todo el primer tercio de la novela huele a musgo mojado y a decisión no tomada, y cuando por fin se rompe algo, se rompe hacia dentro: una chica que había aprendido a mirar mapas para no mirarse ella descubre que el bosque también la miraba a ella.
Ha salido en mayo con Umbriel, traducido por Leire García-Pascual Cuartango, y llevo unas semanas dándole vueltas. Es un libro que en inglés se anunció como folk-horror romántico, y sí, pero yo lo he leído más como una novela sobre pueblos que confunden el miedo con el cuidado. La misma autora de La decimotercera hija, pero contenida, adulta, con menos filo gótico y más frío de niebla.
De qué va
Errado es un pueblo maderero rodeado de bosque y protegido por unas Piedras que llevan siglos manteniendo fuera a los ojos brillantes: unas criaturas de las que nadie habla en voz alta y a las que nadie se ha atrevido a mirar de cerca. Greer Mackenzie, cartógrafa por vocación y soñadora por resistencia, dibuja mapas de rutas que le tienen prohibido tomar. Está a punto de casarse con Ellis Beaufort —el chico con el que lleva media vida— cuando una cosa sale de entre los árboles, lo persigue más allá de las Piedras y se lo lleva.
Greer decide ir a buscarlo. Fuera del cordón de protección, más allá de las lindes donde el pueblo termina y el folklore empieza, la novela abandona el drama romántico y se vuelve otra cosa: una travesía por el bosque canadiense a la altura de una fábula escocesa, con criaturas que no siempre son lo que Errado le contó a sus niños. Y con una verdad sobre el propio pueblo que Greer no está segura de querer traer de vuelta.
Lo que me ha gustado
El paisaje. Craig sabe escribir el frío. No hay un solo párrafo de "hacía frío" — hay silencios entre árboles, ropa que no acaba de secarse nunca, comidas que se enfrían en cinco minutos, manos que dejan de doler porque han dejado de sentir. Errado es un pueblo tan bien construido que huele a leña recién partida en los primeros capítulos y a herida infectada en los últimos, y ese cambio de olor lo hace la prosa, no la trama.
Greer también me ha gustado, y no era fácil. Es una protagonista con un privilegio incómodo —hija de una de las familias fundadoras, con acceso a mapas, a tiempo libre, a la posibilidad de imaginar un fuera— y Craig no la limpia. Deja que Greer lo cargue. Hay una escena en el bosque donde entiende que su idea del viaje —romántica, cartográfica, iluminada— no tiene nada que ver con lo que significa moverse por ese mismo bosque siendo otra cosa que una chica blanca del pueblo que puso las Piedras. Ese momento vale por muchas páginas.
Y luego está el subtexto sobre las Piedras. Sin destriparlo: la novela hace algo muy elegante con la pregunta de a quién dejamos fuera para sentirnos seguros. Craig no da lección; deja que Greer llegue a la respuesta despacio, casi contra su voluntad. Es de esos folk-horrors donde el horror no es la criatura, es lo que descubres del vecino.
Lo que cojea
El romance con Ellis. Y me da rabia decirlo porque es la excusa argumental de todo el viaje, pero hay que decirlo: Ellis funciona mejor como ausencia que como presencia. Craig lo pinta en flashback como el chico bueno del pueblo, y funciona; el problema es que cuando reaparece —no digo cómo ni cuándo— nos toca creer que Greer atravesaría un infierno por él, y a mí me convencía más el infierno que él. Ojalá diez páginas más de él vivo antes de la catástrofe.
El tramo intermedio también se estira. Entre el segundo y el tercer acto Craig se enamora de sus propias criaturas y las estudia como si estuviese escribiendo un bestiario paralelo. Es bonito y en algún momento va a ser fanart precioso, pero la trama se para. Si vienes de Casa de sal y lágrimas esperando el ritmo de Craig en modo YA, ojo: aquí el reloj se ralentiza a propósito, y a veces demasiado.
Un último apunte: los que llegasteis por reseñas de Goodreads pintando esto como una relectura de Tam Lin vais a tener que ajustar expectativas. Hay ecos, hay guiños, pero Craig no está reescribiendo la balada. Está construyendo una mitología propia con préstamos escoceses, y creo que es mejor así, aunque quien viniese al retelling puro se va a sentir un poco estafado.
Para quién es
Lectoras de romantasy que han empezado a cansarse del romantasy y quieren algo más cerca de la fábula oscura que del enemies-to-lovers. Gente que disfrutó Uprooted de Naomi Novik por el bosque más que por el mago, o que se quedó pensando en Piranesi semanas después de cerrarlo. Si te van los folk-horrors atmosféricos donde la amenaza no está en la criatura sino en el pueblo que decide creer en ella, aquí tienes 416 páginas de eso.
Si buscas spicy en cada capítulo, alta velocidad y un antihéroe con seis flashbacks traumáticos, no. Este libro no corre. Este libro camina por la nieve.
El veredicto sin venderte nada
Es un debut adulto raro. Raro en el sentido bueno: Craig ha decidido no repetirse, no acomodarse a la fórmula YA que le funciona, y salir a un bosque que no controla del todo. Se le nota un poco cuando pierde pie, pero se le nota mucho más cuando encuentra imágenes que en su obra anterior no podía escribir. Los ojos brillantes de verdad no son los del bosque; son los de Greer cuando entiende Errado por primera vez. Y esa mirada final es la que me llevo.
Yo lo pondría, junto a La decimotercera hija, en la estantería de "Craig cuando se pone seria". Espero el segundo libro adulto con paciencia. Y con niebla.
— Alba



